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Los perversos narcisistas

Jean-Charles Bouchoux

Traducción y prólogo
de Lídia Cuscó Pérez
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Jean-Charles-Bouchoux

Jean-Charles Bouchoux

Escritor, psicoanalista, psicoterapeuta y formador en instituciones en la región de Montpellier y Arles. Jean-Charles Bouchoux da numerosas conferencias en Francia y Bélgica. Es autor de Los perversos narcisistas (2009) y de La pulsión: es más fuerte que yo... (2011), ambos publicados en Éditions Eyrolles.

Primera Edición: 2016

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Título original: Les Pervers Narcissiques


© Jean-Charles Bouchoux


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© de la traducción, Lidia Cuscó Pérez


Diseño de cubierta y maquetación: Rocío Morilla

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Fondo de cubierta: Diseñado por Freepik


DL: B-xxxxx-2016

ISBN:978-84- XXXXXX-X-X

A mis hijos,

Jean-Baptiste, Alexandre y Édouard

A todos los seres sensibles

para que puedan encontrar los caminos de la felicidad,

y creer en la igualdad de todos los seres

A ti, evidentemente.

«¿Por qué estoy tan triste?

No puedo olvidar esta leyenda.

En la orilla del Rin,

cuando se pone el sol, el aire refresca.

Una hermosa joven está

sentada sobre lo alto de la roca,

peinando sus cabellos de oro,

cantando una extraña melodía.

El barquero en su barca

es sorprendido por un extraño

dolor agudo;

ya no ve los arrecifes:

al final, creo,

el oleaje le engulle.

Esto es lo que logra la Lorelei

y su canto.»


Heinrich Heine (1823)

Prólogo

Detrás de cualquier proyecto hay una historia, y a veces, es una historia de dolor y sufrimiento.

Hace mucho tiempo que, como psicóloga, vengo observando el estado en el que se encuentran algunas personas, después de su paso por determinadas relaciones.

Hay relaciones muy nocivas y destructivas porque van sólo en una dirección. Hay uno que sufre y el otro que hace sufrir. Los «perversos narcisistas» son personas que hacen sufrir a los demás. En cambio, ellos no son capaces de sufrir por los otros, sólo sufren por lo que viven en primera persona.

El efecto que tiene un perverso narcisista sobre sus víctimas es devastador. Las secuelas, después de haber estado sometidas a un funcionamiento perverso narcisista, tienen un valor absolutamente traumático.

Los «perversos narcisistas» «juegan» con las personas. Las tratan como si fuesen simples «objetos», «cosas» de las que pueden servirse a su antojo.

Para ellos el dolor y el sufrimiento de los demás no cuenta, o mejor dicho, sí cuenta, pero en negativo.

Si alguien sufre por ellos, entonces sienten que le importan a alguien, que existen para alguien. Pero sólo lo pueden entender así porque si alguien les demuestra que les quieren, se sienten en peligro ante la posibilidad que dejen de quererles y los abandonen.

Los perversos narcisistas tienen pánico a ser abandonados y para que esto no suceda se valen de todo tipo de seducciones. Cuando intuyen que el otro puede poner distancia, entonces «se hacen la víctima». Si el otro cede, vuelven a la carga con fuerza. Sólo dejan a su víctima cuando la sustituyen por otra.

Esta es exactamente la historia de una persona, amiga mía, que, como muchas otras víctimas de perversos narcisistas, ha estado viviendo una «pesadilla», sin ser consciente de lo que le esperaba.

En verano de 2015, descubrí Les pervers narcissiques de Jean-Charles Bouchoux, en un momento en el que mi amiga aún estaba sumida en una profunda depresión tras la ruptura de una relación de maltrato psicológico, del que ella no fue consciente. Esta relación la dejó prácticamente anulada y sin ganas de vivir. Durante meses la vi postrada, sin ganas de salir a la calle, sin proyectos y sin ilusiones, con un montón de interrogantes en su cabeza, y donde su respuesta siempre fue: «Ha sido por mi culpa, yo no lo he hecho bien, yo no he sabido darle lo que necesitaba, yo no he estado a la altura…». Siempre se atribuyó ella todas las culpas.

Aquellos que como mi amiga, han padecido o están padeciendo los efectos de ese maltrato psicológico, con las claves que nos proporciona Jean-Charles Bouchoux en su libro, pueden llegar a comprender muchos aspectos del funcionamiento perverso narcisista y de ellos mismos como víctimas. Comprender nos permite, generalmente, instalarnos en otra posición, tener una perspectiva que no teníamos y, en este caso, tal vez poder crear la distancia suficiente para librarse del dominio que ejerce el perverso narcisista sobre su víctima.

Tanto los perversos narcisistas como las víctimas, pueden pertenecer a cualquier categoría. La perversión y todo lo que se juega alrededor, no distingue sexos, ni edades, ni condiciones sociales. Donde haya una relación humana, sea del tipo que sea, puede haber una relación perversa narcisista.

Pero quizás es necesario aclarar que cualquiera de nosotros puede verse identificado con alguno de los mecanismos propios de un funcionamiento perverso narcisista, sin que esto signifique que lo seamos. Así lo explica Jean-Charles Bouchoux cuando nos dice que: en ocasiones todos podemos culpar y enfadarnos con el otro, pero si no somos perversos acabaremos pidiendo disculpas. El perverso en cambio, nunca lo hará, al estar convencido que la culpa siempre es de los otros.

Una forma de explicar la diferencia entre lo «normal» y lo «patológico» es precisamente ésta: las personas que se reconocen en aspectos de las distintas patologías de forma moderada, pueden considerarse «normales». Pero cuando alguno de esos aspectos de las patologías existentes está presente de una forma más constante y en una mayor proporción, ahí seguramente estamos en presencia de una «patología». Dicho de otra manera, ser «normal» sería tener «un poco»de todo, pero de nada en una gran proporción. En la «patología», al contrario, de alguno de esos mecanismos hay «mucho».

La lectura de Les pervers narcissiques, sólo publicado en francés, me hace pensar en los beneficios que puede aportar a todos aquellos que sufren los efectos del paso de un «perverso narcisista» por su vida.

Con la intención de publicarlo en castellano, a principios del mes de agosto de 2015 contacté con Jean-Charles Bouchoux.

Este proyecto, desde el principio, ha generado un enorme entusiasmo en todos los que estamos implicados en él. De hecho, probablemente esto mismo es lo que debe haber ocurrido con los lectores franceses. Jean-Charles Bouchoux lo cuenta en la primera línea de su introducción: «Después de la primera edición de este libro, que ha tenido un extraño éxito…».

Siempre he creído que el psicoanálisis tiene que «salir a la calle» y formar parte de la vida cotidiana de las personas. El psicoanálisis es una herramienta privilegiada para comprender el funcionamiento humano. Jean-Charles Bouchoux nos habla de los mecanismos perversos narcisistas y de sus orígenes como a mí me habría gustado hacerlo. Utiliza un lenguaje que permite aproximarse al público no especializado, y da a conocer una de las estructuras de personalidad más complejas.

La publicación en castellano de su trabajo, va a permitir que un público mucho más amplio pueda conocer, como él lo describe, el funcionamiento del perverso narcisista.

Todo lo que nos permita, en un momento dado, tener más información sobre el perverso narcisista. Todo lo que ayude a reconocer y detectar ciertas «patologías» a tiempo, puede tener un gran valor preventivo.

Los perversos narcisistas es, sin duda, una contribución importante para la salud y el bienestar de muchas personas.

Redactar el prólogo y traducir la obra de Jean-Charles Bouchoux, ha sido un gran honor para mí.

Lidia Cuscó

Enero de 2016. Barcelona

Introducción:
¿Quién es el perverso narcisista?

Después de la primera edición de este libro, que ha tenido un extraño éxito, he recibido muchos testimonios y muchas preguntas. Por esta razón he querido que mi trabajo –para una nueva edición– se viese completado con el relato de algunos de estos testimonios que van a permitir una mejor comprensión del tema.

El perverso narcisista estructuralmente realizado, utiliza el vínculo familiar, profesional o amoroso para someter al otro. Necesita esta proximidad para ejercer su influencia y no le permitirá a su víctima que tome distancia. Internamente es frío, no conoce la culpabilidad porque proyecta cualquier afecto y, no duda, en culpabilizar a los otros.

Los valores, sentimientos y el comportamiento del perverso narcisista cambian en función de las personas, y del contexto que le rodea. Externamente es amable, y puede fingir compasión y simpatía. Es seductor y, si es necesario, puede ser puntualmente muy servicial, sobre todo si esto le permite alcanzar sus objetivos, a menudo, a costa de los demás. No tiene nunca en cuenta las necesidades ni los sentimientos de los otros, salvo para utilizarlos, manipulara su víctima, aislarla y lograr que haga lo que él quiere. Es egocéntrico, y aunque también es un mentiroso, exige en el otro la perfección y la verdad.

El perverso narcisista, generalmente hábil con las palabras, utiliza el doble sentido para manipular y posicionarse como víctima para que le compadezcan o incomodar al otro deliberadamente. Incluso si no tiene valores propios, utiliza la moral y los valores de los demás para lograr sus fines. Puede presentar razonamientos, aparentemente muy lógicos, para justificar sus actuaciones, puede ser celoso e infiel. No soporta las críticas pero critica sin cesar. Para revalorizarse, se alimenta de la imagen de su víctima: cuanto más la desvaloriza, más fuerte se siente. Si experimenta angustia, rápidamente esta angustia se la hace vivir al otro.

A través de los mecanismos que vamos a estudiar, veremos cómo el perverso narcisista hace que los otros carguen con lo que debería ser su rabia, sus miedos y su culpabilidad; dicho de otro modo, con su locura. Ahora bien, si el perverso narcisista realizado existe, es necesario saber que estamos todos expuestos a utilizar, en ciertos momentos, mecanismos perversos narcisistas.

Por esta razón, más que un ensayo sobre el perverso narcisista, esta obra intenta presentar una cartografía de los mecanismos y de los orígenes de la perversión mental, y esbozar el límite entre normalidad y perversión.

A propósito de esto, los personajes de don Juan y Casanova, por ejemplo, son muy difíciles de situar. Don Juan seduce a las mujeres. Les propone citas a las cuales él no se presenta, pero envía a su criado Sganarelle para comprobar que ellas sí que han acudido. Si es así, él se siente satisfecho. Casanova seduce a las mujeres, acude a la cita, «consuma» y luego desaparece. Tanto el uno como el otro, se defienden de la angustia relacionada con la idea que tienen de su poder.

Don Juan constata el poder de su imagen, y Casanova se asegura de no estar castrado. Podríamos, pues, ver en Casanova a un perverso sexual y en don Juan a un perverso narcisista. Sin embargo, los dos huyen –después de haber seducido– porque una relación amorosa los colocaría demasiado en peligro.

El perverso narcisista, tal como vamos a estudiarlo, seduce a su presa a la manera de don Juan, pero después la retiene e intenta destruir su imagen. Se alimenta de ella y le proyecta su propia locura. Somete a su víctima y la empuja a la depresión, a la violencia, a la perversión, a la locura, a la enfermedad, y en los casos más graves, a la muerte por suicidio o por accidente.

A lo largo de esta obra, encontraremos diferentes personas que nos mostrarán que, a veces, es muy difícil hacer un diagnóstico preciso. Observaremos el caso de Vanessa desde su primera infancia, y veremos –igual que la Lorelei del poema citado en el epígrafe de este libro– cómo se vuelve una sirena seductora sintiendo placer al ver como se estrellan los marineros contra sus arrecifes.

El lector que lo desee podrá plantearse un estudio de este caso respondiendo a algunas preguntas. Al final de esta obra, se propondrán algunas respuestas pero no exhaustivas.

Veremos también el caso de Franck, que disfruta enormemente criticando a su mujer y desvalorizándola, tratándola de perversa para olvidar que él se sintió traicionado en su infancia. También veremos el caso de Jean-Pierre, jefe de una empresa, que se revaloriza a costa de sus empleados.

De igual modo nos interesaremos por el caso de Pierrette, que desarrolla mecanismos perversos narcisistas para salir de su caos y después, a diferencia del perverso estructuralmente perfecto, siente angustias de abandono que le hace recaer. Su recorrido se completará con el largo testimonio de Jacques, compañero de
Pierrette, que después de haber vivido dos años junto a su novia enferma, se cuestionará totalmente. El lector que lo desee podrá intentar encontrar todos los mecanismos expuestos a lo largo de esta obra.

Finalmente, encontraremos a padres perversos que no dudan en sacrificar la salud mental de sus hijos, únicamente para su comodidad.

Un poco de historia

Paul-Claude Racamier inventó el concepto de perverso narcisista en los años 50. En aquella época, trabajaba con la psicosis y, particularmente, con la esquizofrenia. Para él, el esquizofrénico vive con horror sus conflictos internos y se apresura en eyectarlos en el otro. En su libro Le génie des origines (El genio de los orígenes), Paul-Claude Racamier, hablando del perverso, explica: «Son infiltrados, para los que cualquier excusa es buena para atacar el placer de pensar y la capacidad de crear; en el perverso narcisista predomina la necesidad, la capacidad y el placer de protegerse de los conflictos internos, y particularmente del duelo, valorándose en detrimento de un objeto manipulado como una herramienta y un contrapunto».

Trabajando también sobre la esquizofrenia, Harold Searles, destaca la interacción de los procesos inconscientes entre el psicótico y su terapeuta. En su libro L'effort pour rendre l'autre fou (El esfuerzo por volver loco al otro), Harold Searles nos dice: «Volver loco al otro está en el poder de cada uno: que no pueda existir por sí mismo, pensar, sentir, desear acordándose de él mismo y de lo que le es propio». La perversión narcisista sería un medio para el sujeto de no llegar a delirar, que otro sea portador de su caos y así no entrar en la psicosis.

Pero es la francesa Marie-France Hirigoyen, médico psiquiatra y también psicoanalista, quien populariza el término de «perversión narcisista» en su obra: Le harcèlement moral: la violence perverse au quotidien (El acoso moral: la violencia perversa en lo cotidiano). Define el acoso moral, mecanismo típico del perverso narcisista, como «cualquier conducta abusiva que se manifiesta particularmente en comportamientos, palabras, actos, gestos, escritos, que puedan atentar contra la personalidad, la dignidad o la integridad física o psicológica de una persona, poniendo en peligro su empleo o degradando su ambiente social».

La perversión narcisista

El término «perverso» ha formado siempre parte del lenguaje corriente. Si un jefe de departamento hace un comentario, es un perverso. Una persona seductora será rápidamente etiquetada de perversa. Si un problema nos resulta molesto, entonces es un elemento perverso.

Durante un seminario de formación, abordé el tema del perverso. Le pedí a cada uno que dijera la primera palabra que le viniese a la cabeza. Me propusieron: «vicioso; corrupto; inmoral; malo; rebelde; libidinoso; libertino; obsceno; malvado...». Cada uno tenía su propia definición de la perversión. Antes de abordar los diferentes conceptos sobre las perversiones, y de forma más precisa el de la perversión narcisista, sería conveniente definir perfectamente la acepción.

Efectivamente, en psicopatología, se puede utilizar un término en un sentido muy diferente del lenguaje corriente. Por ejemplo, «la melancolía», palabra romántica cuando es utilizada por un poeta, significa una enfermedad grave en psicopatología. Lo veremos más adelante.

El término «perverso» está moralmente contaminado, pero la moral por sí sola no es suficiente para definirlo. Será, pues, necesario establecer previamente una definición de la palabra y, de los conceptos indispensables, para su concepción.

Después estudiaremos los mecanismos de la perversión narcisista antes de averiguar cómo escapar de ella.

El perverso utiliza herramientas particulares, por ejemplo el pegarse a su víctima. Se le pega, no le permite escaparse, la deja «enganchada» antes de arrastrarla hacia un clima deletéreo.

Estudiando los conceptos que nos van a permitir abordar los mecanismos del pegarse, entenderemos mejor lo importante que es poner distancia, antes que cualquier otro intento para escapar de la perversión.

Veremos con antelación, lo que serán las réplicas del perverso y sus tentativas de «volver a pegar». Si estamos prevenidos frente a sus reacciones, hombre prevenido vale por dos, no nos sorprenderá ver al perverso resistirse intentando seducir, amenazar o culpabilizar de nuevo.

Después de esto, trabajaremos sobre el origen de las perversiones. ¿Por qué tratar los orígenes de las perversiones después de haber desmontado sus mecanismos? En el trabajo sobre el duelo, que generalmente es un recorrido emparentado con el duelo que tendrá que hacer la víctima, veremos que son necesarias varias etapas. Si el perdón es esencial cuando acompaña los recorridos de la resiliencia, puede ser negación si ocurre demasiado pronto e impedir el trabajo necesario.

Jacques, el compañero de Pierrette, después de haber logrado superarlo, dice: «Primero tengo que evacuar el veneno, después podré curarme y reconstruirme. Sólo entonces, intentaré comprender, y luego perdonar. Espero volver a encontrar los caminos de la compasión, y poder volver a ser como antes».

En el trabajo de acompañamiento de las víctimas del perverso, es muy importante proceder con orden. Podríamos plantearnos proponer a la víctima que se cuestionase, e intentara averiguar, porqué ha permitido todo esto, o porqué se ha encontrado con esa clase de persona. El perverso acaba de pasar mucho tiempo pidiendo a su pareja que cargue con su culpabilidad. Nos imaginamos a la víctima –sin dificultad– al salir de esta experiencia. Le costará mucho cuestionarse, y sería hacerle llevar una carga suplementaria pedirle esto, con el riesgo de hacerla sufrir aún más.

Ahora bien, a menudo, la víctima ha sufrido ataques que han desvalorizado severamente su imagen. El cuestionarse podrá formar parte del recorrido, pero no deberá suceder hasta después de haber hecho un largo trabajo, parecido al del duelo, seguido de una reconstrucción y reapropiación de su identidad.

Cuando recibo a las víctimas de los perversos, presentan a menudo síntomas traumáticos, parecidos a los de las víctimas de guerra, rehenes o víctimas de catástrofes.

También comprenderemos, a través del estudio del perverso narcisista y de sus mecanismos, que para el acompañamiento de las víctimas es conveniente llevar a cabo un método moderado y estructurado.

Esperemos que esta obra pueda ayudar a unos a reconstruirse, a otros a cuestionarse y, a cada uno, a aprender a cuidar de sí mismo en el cariño y el respeto de la alteridad.

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De la necesidad al deseo, la energía pulsional

¿De qué tratan el psicoanálisis y, de forma más general, las ciencias humanas, si no es de los orígenes y de los desplazamientos de las diferentes energías presentes en el cuerpo humano, y de los conflictos que surgen cuando están confrontadas unas a otras?

Estas energías pueden manifestarse en forma de pensamientos, deseos o aversiones. Dos deseos de sentido opuesto pueden generar conflictos (por ejemplo, el hambre y las ganas de hacer dieta, o el encuentro con alguien que preferiríamos evitar, pero que no podemos rechazar). Si el conflicto es externo, nos alcanza rápidamente. Si es interno, puede estar también dirigido o proyectado rápidamente hacia los otros (puede ser muy tentador a veces, por ejemplo,compartir el mal humor que sentimos con los demás).

El psicoanálisis intenta hacer un estudio de estas energías.

Con «la tópica», Freud inventará un estudio «cartográfico» del psiquismo. Con la economía o la dinámica, se tratará de comprender la calidad, la cantidad y los diferentes desplazamientos de estas energías. Después, con el estudio de los mecanismos psíquicos, habrá que observar cómo se gestiona esta energía, distinguiendo entre los mecanismos que son apropiados, los mecanismos patológicos y los perversos.

La energía del deseo

Para comprender qué es la perversión, abordaremos en primer lugar la noción de «pulsión». Si admitimos normalmente la existencia de una energía física, podemos, de la misma manera, aislar una energía psíquica. La pulsión está precisamente constituida por esta energía psíquica. Es una excitación endógena1: «Es una carga energética que hace que el organismo tienda hacia un objetivo2». Si tenemos que llevar un peso, nuestro músculo produce una energía, y esta energía la vamos a gastar realizando el esfuerzo. De la misma manera, un pensamiento, un deseo o una aversión, formulados para responder a una necesidad, producirán una energía psíquica que será necesario gastar. Cualquier necesidad, o cualquier producción mental, crean una tensión en el cuerpo; y es con el pasaje al acto hacia un objetivo, y hacia un objeto designado por el psiquismo, donde encontraremos de nuevo un estado sin tensión.

Pero cada pensamiento, cada deseo, cada aversión no tiene el mismo «peso». Algunos de nuestros pensamientos son más pesados que otros. Además, existe una interdependencia entre la energía física y la energía psíquica: demasiadas preocupaciones nos dejan agotados, nos vacían nuestra energía física disponible.

Cualquier deseo, cualquier pensamiento o cualquier aversión, provocan un estado de tensión en nuestro cuerpo. Sin embargo, el organismo puede soportar la presión hasta un cierto límite; tiende a disminuirla de forma natural porque un estado de tensión demasiado importante, nos llevaría al sufrimiento y pondría en peligro el organismo, tanto desde un punto de vista físico como psíquico.

¿Cómo se ponen de acuerdo nuestro cuerpo y nuestro psiquismo para evacuar estas pulsiones? ¿Cómo se pasa de la necesidad al deseo, y cómo se descarga nuestro excedente de energía? ¿Cómo se desenvuelve la persona sana y cómo lo hace el perverso?

Feliz y fuerte

Durante un taller, un conferenciante hace subir a una persona al estrado. Como experimento le pide que tienda el brazo, y que resista a la presión que aplica sobre su puño para conseguir hacerle bajar el brazo, como si le echara un pulso. El conferenciante le pide después que piense en algo alegre, en un buen recuerdo. Ahora resultará muy difícil doblegarle el brazo. Después, el conferenciante le pide que piense en algo triste que le haya ocurrido. La persona es incapaz de resistir la presión sobre su brazo.

Este experimento demuestra muy bien la interacción entre la energía psíquica y la energía física.

De la necesidad al deseo3

La pulsión se organiza según tres polos: su origen, su objetivo y su objeto. El origen es el lugar donde surge la necesidad. Se trata de los fundamentos de nuestro cuerpo. El objetivo está elaborado por el psiquismo en respuesta a la demanda fisiológica, y elobjeto es la cosa gracias a la cual podremos saciar nuestra necesidad.

Por ejemplo, si el hambre nos atenaza, nuestro cuerpo se pone en tensión y envía una señal; entonces nuestro psiquismo elabora un deseo «me apetece un pastel», y es con el pasaje al acto hacia el objeto designado, el pastel, como podremos alcanzar un estado de saciedad, y las tensiones se calmarán. Para responder a una misma necesidad, cada uno puede elaborar un deseo distinto: necesidad de dulce, de salado, de hacer dieta, etc. Pero es el organismo el que le impone al psiquismo elaborar un deseo.

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La estructura de la pulsión

El ejemplo anteriormente citado se apoya sobre una pulsión de autoconservación, es decir, sobre una necesidad imprescindible para la conservación de la vida (beber, comer, dormir...).

Freud identifica tres clases de pulsiones: las pulsiones de autoconservación, las pulsiones sexuales (libido) y las pulsiones de muerte (auto y heterodestructivas). Cada una de estas pulsiones busca ser saciada porque el organismo tiende de forma natural a calmar las tensiones.

¿El deseo puede generar sufrimiento?

Como ya hemos visto, todo deseo, toda aversión, toda producción mental crea tensiones. El organismo sólo puede tolerar un cierto nivel. Nuestra capacidad de tolerancia a la frustración depende de nuestra estructura psíquica y del estado de tensión preexistente. Cuanto más maduros somos, más aptos estamos para soportar un cierto estado de tensión. Cuanto más relajados estamos, mejor podemos acoger una nueva necesidad o una nueva frustración.

La base del siguiente diagrama representa un estado de baja tensión psicocorporal. Este estado de relajación podría corresponder, por ejemplo, al que sentimos cuando estamos de vacaciones junto al mar.

El nivel superior del esquema representa el umbral de tolerancia a la presión, que también podríamos llamar umbral de sufrimiento. No olvidemos que ciertas tensiones son el resultado de deseos inconscientes, que a menudo se remontan a la primera infancia.

Para comprender mejor este diagrama, imaginemos que durante las vacaciones, una persona va a coger su coche y se da cuenta que tiene un neumático pinchado. Esto no es grave. Cambia la rueda, y por la noche lo cuenta riendo mientras toma un aperitivo.

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Sufrimiento y suma de tensiones

Imaginemos ahora que a esta persona la despiden de su trabajo, y que su pareja le deja. Va a caer tambaleándose en un estado de tensión muy importante. Al mismo tiempo, llega hasta su coche y descubre que el neumático está pinchado. Y entonces tiene un ataque de nervios.

Un espectador que pueda presenciar esta escena no comprenderá que se pueda desmontar por tan poco (lo que, por otra parte, muestra a la perfección lo difícil que es juzgar lo que viven los demás).

Otro ejemplo es el de ciertas personas a las que llamamos «clinomaníacas». Ellas pasan todo su tiempo en la cama. Se encuentran en un estado de tensión interior tal, que cualquier acción, cualquier deseo, podría propulsarlas hacia el sufrimiento. El neurasténico, como la persona clinomaníaca, evita actuar. Parece que le hayan robado toda la energía.

En realidad, sus energías están actuando en su inconsciente para retener los deseos que allí habitan, y que chocan con sus valores morales. Su nivel de tensión es tan fuerte que el mínimo deseo, la menor contrariedad, podría hacerles traspasar el umbral de tolerancia y propulsarlos hacia el sufrimiento.

Como podremos observar, el perverso hace que el otro cargue con sus imperfecciones usando sus mecanismos propios, y evita así el sufrimiento.

En experimentos con ratas, se les aplica una descarga eléctrica. Evidentemente, con cada descarga, aumentan las tensiones hasta que se vuelven insoportables. Si en la jaula hay varias ratas, se vuelven agresivas entre ellas, pudiendo descargar así, con cada ataque, una parte de su tensión. Si la rata está sola en la jaula, acabará automutilándose royéndose la pata.

Así pues, ¿conducen los deseos al sufrimiento?

Incluso si todo deseo o aversión es susceptible de aumentar nuestra tensión interna, es cierto que, si este deseo es consciente y realista, no nos llevará a una tensión que no podríamos soportar.

¿Somos todos iguales frente a la pulsión?

Cuando un bebé tiene una necesidad, exige satisfacción instantánea. Si no hay respuesta inmediata, grita y proyecta su rabieta. En caso de frustración, la psicoanalista inglesa Melanie Klein habla de odio del bebé hacia su objeto de amor (el pecho); objeto gracias al cual el niño puede saciar su necesidad, pero cuya ausencia momentánea es generadora de tensiones internas. Más adelante, el niño pequeño, al que no se le da su objeto de deseo, patalea y llora. Hasta que tenga seis o siete años, no entrará en el período llamado de latencia, y no aprenderá a aplazar sus deseos para más tarde.

Sin embargo, nos hemos estructurado durante nuestra primera infancia. Freud explica que todo se decide antes de los seis años, que «el niño es el padre del hombre». Todo deseo no reconocido, o no satisfecho, nos lleva a un conflicto interno y hace surgir las correspondientes tensiones.

La mayoría de nosotros hemos aprendido a gestionar estas apetencias y estas aversiones, a arreglárnoslas con lo que hay, o a aplazar nuestras necesidades para más adelante.

Para gestionar nuestras pulsiones inconscientes, a menudo recurriremos a mecanismos inconscientes, los mecanismos de defensa del yo. Pero algunas personas no soportan sus conflictos internos y se apresuran para expulsarlos hacia el exterior en forma de delirios, proyecciones o pasajes al acto. Los perversos forman parte de esto. Estudiaremos los mecanismos de defensa particulares con los que logran proyectar sus pulsiones en el otro, y el cómo se libran a expensas de los demás.

Pulsión y perversión

El término «perversión» proviene del latin per vertare que significa invertir, cambiar el sentido. Puede haber perversión cuando se cambia el objetivo, o el objeto «normal» de una pulsión. Hablaremos pues de perversión del objetivo o del objeto.

Por ejemplo, para despejar la noción de perversión sexual, tenemos que definir antes el objetivo, y el objeto, de una relación amorosa. Algunas religiones exigen que una relación sexual tenga como único objetivo, la procreación en el seno de los lazos sagrados del matrimonio. Por tanto, según este punto de vista, cualquier relación amorosa que no tenga este objetivo, o que se consuma fuera del matrimonio, sería perversa. Vemos como la moral y la norma no son suficientes para definir la perversión, y es conveniente que cada uno explore sus límites.

Si conservamos como definición de relación sexual: «la búsqueda de placer entre dos adultos consentidores», habría perversión siempre que el objetivo fuese distinto a la búsqueda de placer compartido (sufrimiento, dominación, sumisión, etc.), y habría perversión del objeto cuando se tratara de un adulto que no da su consentimiento.

¿Dónde van nuestras pulsiones?

Los mecanismos de defensa

En la tópica freudiana4, los mecanismos de defensa son una parte del yo, más concretamente la parte inconsciente del yo. El neurótico reprime sus pulsiones fuera del campo de la consciencia,«las olvida», porque entraría en conflicto con sus valores morales. Estas pulsiones quedan reprimidas en la parte inconsciente del psiquismo. Pero las pulsiones amenazan con infiltrarse de nuevo en la consciencia. Los mecanismos de defensa pueden permitir la gestión inconsciente de las pulsiones, despejarlas sin tener que recurrir al objetivo inicial.

Aprender a dominar sus pulsiones

Durante una pelea conyugal violenta, en lugar de reprimir la agresividad, se pueden romper platos antes que pegarle a la pareja. El objeto pareja, es substituido por el objeto plato: utilizamos entonces un mecanismo de defensa llamado sustitución. Podemos también cambiar el objetivo y el objeto de nuestra violencia, entonces utilizamos el mecanismo de defensa llamado desplazamiento.

Podemos desmontar el aparato electrodoméstico que se ha estropeado, sacar las piezas defectuosas y repararlas; o bien hacer la limpieza, tomarla con el polvo y tirar los objetos que nos parecen inútiles. Entonces el objetivo y el objeto son intercambiables. Lo que cuenta, es liberar energía sin recurrir al objetivo inicial y no entrar en conflicto con nuestros valores morales inconscientes.

Algunos mecanismos están adaptados a una actitud «correcta», algunos son patológicos, y otros permiten liberar energía psíquica o no liberarla.

Durante un conflicto, una persona puede fantasear con su pulsión y revivir de forma recurrente una escena generadora de angustia. Por ejemplo, después de haber sido agredido por el jefe de departamento, y quedarse mudo, Salvador –de vuelta a casa–, revive la escena pero lo hace en su imaginación, dice todo lo malo que piensa de su superior. En su fantasma, Salvador se concede el papel del bueno. Pero este mecanismo de defensa no le permite librarse de su angustia y, además, es costoso en cuanto a energía.

Todos utilizamos mecanismos de defensa que pueden ser típicos de las neurosis, de la psicosis o de las perversiones. Sin embargo, el neurótico puede utilizar puntualmente mecanismos perversos o psicóticos.

El perverso utiliza generalmente el mismo tipo de dispositivos, es decir mecanismos a menudo proyectivos o basados en la negación.

El yo se construye entre los deseos del ello, las prohibiciones del super-yo y el mundo exterior. Para descargar la pulsión, el yo utiliza mecanismos inconscientes: los mecanismos de defensa del yo.

El ello (instancia pulsional) es totalmente inconsciente. Así el niño pequeño se rige completamente por el principio del placer. No conoce ni ley ni prohibición. La instancia pulsional está formada por nuestros deseos, necesidades, emociones, recuerdos reprimidos, y tiende de forma natural hacia la expresión de sus energías.

El super-yo (los valores morales) es esencialmente inconsciente. Además de nuestros valores morales, contiene los valores idealizados de nuestros educadores. Y le impone al yo que se oponga a toda pulsión contraria a sus valores.

principio-placer-principio-realidad

El yo es esencialmente consciente, se rige por el principio de realidad. La parte inconsciente del yo es la que contiene los mecanismos de defensa. Si la pulsión entra en conflicto con las prohibiciones del super-yo, «el yo, por orden del super-yo, se opone a la pulsión activada en el ello», escribe Freud. El yo emite una energía de igual fuerza y de sentido opuesto a la pulsión y a la contra investidura, y obliga a reprimir la pulsión.

La represión es, pues, el aplazamiento de una pulsión o de una información; si esta excitación entra en conflicto con los valores morales del super-yo, o si con su fuerte tensión coloca al psiquismo en peligro, la pulsión queda entonces reprimida en el inconsciente. Como es energía psíquica y vehículo de tensión interna, deberá encontrar una vía de expresión para salir del inconsciente. Estas vías serán los sueños (la expresión de nuestras pulsiones durante el sueño), los lapsus, los actos fallidos, los síntomas neuróticos o las somatizaciones.

Es mejor vivir un duelo

Un año después de haber perdido a su madre, Sofía vive la agonía de su padre. Como no puede enfrentarse a la situación, no se queda a su lado y se refugia en su casa. Quince años después, empieza un psicoanálisis con motivo de una incomprensible tristeza y llantos recurrentes. Tras algún tiempo de análisis,confiesa: «En una especie de sueño-despierto, acabo de revivir la muerte de mi padre, veía de nuevo su mirada vacía. He sentido una tristeza que no me había autorizado a sentir en aquella época y he llorado mucho».

En psicoanálisis a este fenómeno se le llama abreacción, reacción a posteriori. Para protegerse, Sofía había aplazado y reprimido su sufrimiento y sólo después de haber recuperado suficiente energía durante su análisis, pudo, al fin, autorizarse para vivir su duelo, y por tanto liberarse de sus tensiones internas.

¿Qué hacer con las pulsiones mortíferas?

En primer lugar es necesario hacer un trabajo sobre uno mismo para tomar consciencia. Después, quizás, es nuestra responsabilidad reflexionar sobre los grandes valores que apuntalan nuestras convicciones, intentar conocer sus orígenes y sus verdaderos objetivos. Por ejemplo, la primera ley podría ser: «No volverás a matar». Habiendo comprendido e integrado esta ley, yo decido no comprar un arma y no matar a los que me molestan. Así que tendré que encontrar otros medios para poder evacuar mis tensiones mortíferas.

Si quiero comer carne, tendré que matar animales o pagar a un carnicero para que lo haga en mi lugar. En este caso se habla de acción por mandato. Un vegetariano que practica el budismo, explicará que no utilizará ningún insecticida porque rechaza matar a cualquier ser vivo. En esto, cada uno debe ver dónde están sus límites.

Una revolución puede ocultar otra...

Julien, un paciente sindicalista, tuvo un lapsus revelador durante una sesión. Para explicarme por qué se afilió al sindicato, enumeró todas las injusticias de las que fue testigo, y acabó su frase diciendo: «y es por lo que he decidido oponerme a mis padrones».

Reflexionamos sobre su lapsus. Vimos que «parrons» era una mezcla entre «parents» y «patron»5. El mecanismo de defensa empleado aquí es la sustitución. Con la sustitución del objeto, luchando contra su patrón, arreglaba las cuentas pendientes con sus padres. Después de su análisis, sigue siendo sindicalista pero ahora lucha por el respeto de las reglas sociales, cosa muy distinta.

El sindicalismo, el feminismo y otros muchos movimientos, permiten luchar contra las injusticias sociales y sus efectos perversos. Pero cuidado, estas acciones pueden ser también el medio para expresar nuestros conflictos internos y los defensores acabar pareciéndose a sus «adversarios». Podemos oponernos a la violencia que se ejerce contra el toro en una corrida, y proyectarla contra el torero, ser racista con los racistas, etc.

Un análisis, o cualquier otra terapia que hayamos elegido, nos ayudará a regular nuestros conflictos internos. Así, nuestra energía pulsional encontrará, de forma natural, y en función de nuestros valores esenciales, su lugar al servicio de nuestros proyectos y de la sociedad.

El perverso y sus pulsiones

El primer mecanismo empleado por el perverso es el pasaje al acto. El perverso no puede contener sus pulsiones, el pasaje al acto le permite evacuarlas hacia el exterior.

El perverso conoce la ley, y sabe que lo que hace es censurable, así pues, para pasar al acto tendrá que negar el origen y el alcance de sus actos y hacer cargar al otro con lo que debería ser su culpabilidad.

Enfoque

El perverso narcisista no se vuelve violento, o sólo en casos de patología extrema, cuando pertenece a una categoría de casos que calificamos como psicópatas.

El psicópata utiliza muchísimos mecanismos perversos narcisistas y pasará fácilmente a la acción física. Al contrario, el perverso narcisista estructuralmente realizado, es alguien tranquilo porque nos hace cargar con su rabia. Es alguien que, fuera de la relación con su víctima, suele sera preciado. También es alguien que, a menudo, es admirado, sabe adaptarse a su entorno y puede ser extremadamente seductor.

La negación: «Quien bien te quiera te hará llorar»

La negación es un mecanismo de protección del psiquismo que implica un rechazo de la realidad. Esta realidad puede ser externa o interna. En el marco del duelo, veremos como la información puede ser negada porque la pérdida se vive como algo simplemente insoportable.

En las patologías del narcisismo, la realidad y las angustias que genera pueden ser negadas igual que las consecuencias de los actos. Por ejemplo, cuando desenmascaramos a un perverso sexual, él explica que, si ha agredido a una mujer, es porque ella era seductora o porque llevaba una minifalda y, por tanto, él no es el responsable de sus actos, ella es la culpable.

Del mismo modo, un padre violento con su hijo puede utilizar la máxima «quien bien te quiera, te hará llorar» para justificar su conducta y sus pasajes al acto violentos. La negación funciona entonces en relación al origen de su violencia, y en relación a las consecuencias de sus actos.

La negación es diferente de la represión porque ésta es un mecanismo de defensa neurótico.

Ciertamente, la represión permite negar el conflicto, pero el conflicto es entonces apartado del campo de la consciencia, volviéndose interno e inconsciente. En el caso de Sophie, como hemos visto antes, la angustia relacionada con la pérdida de sus padres ha sido aplazada por la represión. En el caso del perverso sexual, o del padre violento, la responsabilidad que podría generar la culpabilidad está negada, no existe.

Demasiado duro para oírlo

Después de una prueba, el médico de Jeanne le comunica que tiene un cáncer. Ella le responde: «Me tranquiliza doctor, me daba tanto miedo padecer un cáncer». La información es tan insoportable para Jeanne, que pura y simplemente la niega, como si no hubiera existido.

A excepción de algunos casos raros, como en el duelo, la negación pertenece a la psicosis y a las patologías límites.

En la negación, el conflicto está negado, sin efecto. La negación, a diferencia de la represión, es anticonflictiva. El perverso utiliza la negación para negar sus responsabilidades, así como la realidad de sus actos. Como la negación no es suficiente para hacerle frente al super-yo, el perverso proyecta en el otro, culpabilizándole, lo que sería su culpabilidad.

Si el perverso no lleva a cabo la represión de sus deseos, no es porque no conozca la ley, es porque no es capaz de aplazar sus deseos. No soporta ni el aplazamiento de sus pulsiones, ni el conflicto interno ligado a su culpabilidad, que engendraría sus pasajes al acto si se sintiese responsable. Para pasar al acto, no basta con la negación de los valores morales.

El perverso tiene también que dividirse en dos, conservar su buena imagen y proyectar su parte mala hacia el exterior y hacer que otro cargue con ella.

Encantador en apariencia...

Magalí, casada con Franck, nos cuenta: «Había notado que, cuando recibíamos amigos suyos en nuestra casa, o íbamos a casa de ellos, Franck era encantador y podíamos pasar una velada muy agradable. Uno de sus amigos le habría confesado que me encontraba guapa, y habría añadido: "¡Se nota como te quiere!". A la inversa, cada vez que nos veíamos con mis amigos, Franck aprovechaba para montar un escándalo, generalmente, según él, por mi culpa...».

Todos podemos sentir por dentro pulsiones negativas (agresivas o de otro tipo). Nuestros valores morales, y la imagen que nos gustaría conservar de nosotros mismos, son un impedimento. Por eso tenemos que encontrar otras vías de evacuación distintas del pasaje al acto.

Separando sus entornos (mis amigos / sus amigos), Franck protege «su entorno», conservando una buena imagen y utilizando la presencia de su mujer para revalorizarse. Al contrario, no duda en enturbiar la imagen de su compañera en su propio mundo, y la hace responsable. Actuando así, Franck conserva una buena imagen de cara a sus amigos, a los que conservará en caso de ruptura, y descarga sus pulsiones cuando se ve con los amigos de Magalí, culpabilizándola a ella de paso.

Para recuperarse, después de la separación, Magalí tendrá que cortar incluso con algunos de sus amigos. Franck les ha dicho que ella es la responsable de los sufrimientos que ha padecido.

Clivaje e identificación proyectiva

El clivaje

El ser humano está dividido por naturaleza. El solo hecho de tener un inconsciente ya lo demuestra. ¿De dónde vienen los sueños nocturnos? ¿Por qué, cuando se produce un lapsus o un acto fallido, cometemos una acción contraria a la deseada? ¿Cuál es el origen de los síntomas psíquicos o psicosomáticos? ¿Cómo se instalan la culpabilidad o el sufrimiento moral? Todos estos ejemplos demuestran la existencia de una lógica inconsciente. Pero si el clivaje puede ser «vertical» (consciente / inconsciente), puede ser también «horizontal» y dividir la personalidad en dos. En un extremo, está la disociación, como para el Doctor Jekyll y Mister Hyde. Varias personalidades que no se conocen coexisten en una sola persona.

Jekyll es la buena persona y Hyde la mala. La disociación de su personalidad, y la esquizofrenia que se desprende, permiten a Jekyll permanecer como un buen objeto, el niño bueno que esperaban que fuera. De las malas pulsiones, ya se encarga Hyde.

Tal y como lo hemos visto ya, el perverso no reprime su pulsión en su inconsciente: él se divide en dos. En cuanto al yo clivado, permite el pasaje de la pulsión conservando una parte «sana», así dos «yo» coexisten: uno sano y el otro malsano.

La parte malsana será proyectada hacia el exterior. Al perverso, la identificación proyectiva le permitirá expulsar lo que sería la culpabilidad en el neurótico, culpabilizando al otro. Una vez más, la víctima aparece como responsable de lo que le sucede.

Infidelidades

Jacques nos cuenta: «Pierrette había sido infiel con todas sus parejas. Por otra parte, me había explicado que su madre engañaba a su padre, y que no dudaba en abandonar a su familia cuando encontraba un nuevo amante. No obstante, afirmaba que la fidelidad era esencial en la pareja.

Ella suponía que, como todos los hombres, yo era infiel. Un día, me dijo: "No tenemos los mismos valores (subentendiendo, tú eres infiel), comprenderás que es normal que yo también te engañe"».

Pierrette está dividida: una parte de su super-yo posee valores de fidelidad y la otra parte posee valores contrarios.

Pierrette tiene aires de respectabilidad planteando valores adecuados. Pero luego hace que Jacques cargue con los defectos de ella. Le endosa, pues, a su compañero sus propios valores; los que ella siente como negativos, por identificación proyectiva, para poder pasar al acto, y ser infiel (todo y estando en total desacuerdo con los valores que ella defendía al principio).

Pierrette proyectando sus «malos valores» sobre Jacques, le hace responsable, y así, se libera ella de la responsabilidad de sus actos.

La identificación proyectiva

La identificación es un mecanismo normal que sirve para la expansión del yo del individuo. Por turnos, al niño le gustaría parecerse unas veces a papá y otras a mamá. Superará este mecanismo cuando esté en condiciones de disociarse del mundo que le rodea y de integrar, como suyos, sus propios rasgos de carácter. El perverso narcisista los posee pero no soporta haber adquirido ciertos rasgos de sus padres, los siente pero no quiere integrarlos. Para librarse, tendrá que atribuírselos al otro.

«La identificación proyectiva es un fantasma en el cual un sujeto proyecta, con la esperanza de librarse de sus pulsiones vividas como indeseables, una parte de él mismo en el otro, intentando perjudicar, poseer y controlar a otra persona6». Así es como el perverso acusa a su víctima y la hace responsable de lo que le ocurre a él. Después de librarse de sus pulsiones, proyecta lo que debería ser su culpabilidad en su víctima, y conservando y aparentando ser alguien de bien, se hace pasar por la víctima.

Proyectar su propio resentimiento sobre el otro

Franck, que comparte la custodia de su hija, lleva a su niña a la escuela. Cuando llega frente a la institución escolar, se entera que el maestro está enfermo y que la escuela no puede a coger a su hija. Franck llama entonces a su ex mujer, la madre de la niña, y le pide que se quede con su hija. Cuando ella le responde que no podrá quedarse con la niña porque tiene otra cosa prevista, Franck le dice, lleno de rabia: «Descargas sobre mí tu incapacidad para ocuparte de nuestra hija».

En lugar de gestionar él solo la situación, o de reconocer que está agobiado con su niña, le atribuye su incapacidad a su ex-mujer y proyecta sobre ella su rabia, asociada al rechazo que acaba de soportar.

Cuando Pierrette se siente mal, incluso sin razón, puede llamar a Jacques y decirle: «Eres una basura... eres egoísta... eres tóxico...». Hablando así, es posible que descargue en él lo que ella siente de sí misma, ya sea por sus pasajes al acto, o bien por la imagen que le proporcionaron de ella misma durante su infancia. Para aliviarse, Pierrette utiliza el mecanismo de la identificación proyectiva, atribuyendo a su pareja lo que ella piensa de sí misma y desvalorizándole.

El caso Vanessa: el nacimiento de una sirena

Vanessa nació un año después de Vanessa, su hermana mayor, que murió al nacer.

Imaginamos perfectamente cómo la cuidaron de niña. Apenas tiene hambre y la fuente de su deseo está ahí para satisfacerla.

A esta edad, Vanessa experimenta pocos sentimientos distintos: la satisfacción con el pecho cuando está ahí para alimentarla o la cólera como respuesta a la frustración cuando tiene que reclamar el maná tan deseado.

¿Cólera? Los psicoanalistas hablan de odio.

Efectivamente, el niño sabe que la no-respuesta a su demanda de alimento es sinónimo de muerte, y su reacción es proporcional a la angustia, y en relación al peligro que se corre.

En la familia de Vanessa ya conocen lo que es la muerte de un bebé ... También, Vanessa sólo tiene que pensar algo para que su deseo sea satisfecho.

Podemos imaginar el odio que Vanessa va a desarrollar en el momento del destete, cuando el pecho que ha sentido durante mucho tiempo como suyo, se lo quiten. Lo vivirá como si le arrancasen algo y alimentará un odio feroz contra su madre, al mismo tiempo que será consciente de su dependencia hacia ella.

Esta angustia de muerte de los primeros tiempos de vida evolucionará hacia una angustia muy fuerte, una angustia de abandono.

En efecto, incluso estando disociada de la madre, Vanessa sabe que mientras su madre esté junto a ella, se sentirá siempre segura. La única condición para Vanessa es contener su odio que podría hacer huir a su madre o aún peor, herirla.

El odio de Vanessa se volverá visceral, a la vez que pasará progresivamente de una fase llamada oral –período en el cual lo esencial de su relación con el mundo se hace a través de la boca– a una fase llamada anal, donde accediendo al control de esfínteres, Vanessa podrá fantasear con dominar a su madre eligiendo responder o no accediendo a su deseo, y ofreciéndole finalmente ese regalo aparentemente tan esperado...


Estudio del caso

Pregunta

¿Qué es lo que, en este texto, evoca la negación en la familia de Vanessa?

Ver Solución

Notas

1 Endógena: que viene del interior.

2 Laplanche J., Pontalis J.-B., Vocabulaire de la psychanalyse, PUF, 2007 Diccionario de psicoanálisis.

3 Según Freud S., «Pulsions et destins des pulsions» en Métapsychologie, Folio Essais, Gallimard, 1986. «Pulsiones y destinos de las pulsiones» en Métapsychologie.

4 Topografía del psiquismo.

5 (N. de T.) La palabra «parrons» es un lapsus, resultado de la mezcla de las palabras «parents» (padres) y «patron» (patrón).

6  Ionescu S., Jacquet M.-M., Lhote C., Les mécanismes de défense, Nathan Université, 1997, Los mecanismos de defensa.

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