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Primera edición: febrero de 2017


© J. Domínguez-Macizo

© Ediciones Carena-Acidalia

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08014 Barcelona

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Diseño de la colección: Silvio García-Aguirre · www.cartonviejo.net

Diseño cubierta: María Rios

Maquetación: Rocío Morilla

Corrección: Tania Duarte

ISBN: 978-84-16843-20-6

Depósito legal: B 25279-2016


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Los chicos del parque

J. DOMÍNGUEZ-MACIZO

Sábado 23:45

Mario consultó su reloj y aceleró la marcha al llegar al punto más alto de la inclinada calle, justo donde la selva urbanita se fundía con los orígenes silvestres de la ciudad. Quince minutos separaban aquella bochornosa noche de sábado de su conversión a madrugada de domingo estival. Con ayuda de un par de atajos, ganó tiempo y se plantó frente a la fuente de corte modernista, el emblemático punto de encuentro desde el que siempre daba el pistoletazo de salida a las jornadas nocturnas junto a sus dos colegas, Adrián y César. Aquella noche, solo el primero estaba siendo fiel a la cita. Mario emitió una sentida disculpa por su cuarto de hora de retraso. Adrián aceptó sus argumentos con desidia, no tanto motivada por la tardanza de su amigo, sino más bien por la falta de movimiento que había observado en la zona y que le llevaba a intuir que los buenos clientes no proliferarían esa noche. Mario aportó optimismo a la conversación, pidiendo a su colega menos preocupación y más calma y paciencia, pues “las noches de verano siempre tardan en tener un buen arranque”. Tras el consejo, preguntó por César. La tercera pieza del grupo seguía sin aparecer.

–No vendrá ahora. Me llamó hace un rato para decirme que se le había adelantado un cliente. Y como es una buena pasta, se reunirá con nosotros más tarde –explicó Adrián.

–¡Qué dura es la vida de chapero! –dijo Mario con mofa–. Subamos, entonces.

Se adentraron en la oscura falda de la montaña, como si de dos inocentes personajes de un relato de los hermanos Grimm se tratara, salvo que en ambos casos, la pérdida de inocencia se había producido hacía años, cuando el despertar sexual de los chicos se tiñó de un marcado sentido comercial.

El de Mario se originó en su época de universitario. Pocos meses después del inicio de sus clases de segundo de Magisterio, sus padres decidieron cambiar los aires urbanos por los de un pueblo dormitorio del área metropolitana y le acomodaron en un pequeño piso del centro con todos los gastos pagados, a cambio de recibir buenos resultados académicos. La subvencionada independencia propició que Mario optara por buscar una fuente de ingresos, extra y rápida, que cubriera sus gastos y caprichos. La encontró en sus primeras escapadas nocturnas, en las que pudo comprobar que había hombres dispuestos a pagar por compañía. Las espontáneas insinuaciones, que en un principio le resultaron ofensivas, acabaron calando en él y transformaron su mentalidad naíf hasta hacerle consciente del potencial negocio que se erigía ante sus narices. Las suculentas ofertas recibidas en bares pasaron a ser servicios exprés en saunas, y, de ahí, desencadenaron en una dedicación plena en el parque.

La llegada de Adrián al sector se produjo cuando, siendo adolescente, vivió en primera persona el divorcio de sus padres. Su posición neutral se desgastó paulatinamente hasta conducirle a culparse a sí mismo por la sucesión de disputas y descalificaciones protagonizadas por sus progenitores. La desesperación y la impotencia por verse en tierra de nadie le proporcionaron la mecha en la que prendió su predilección por el dinero fácil. Su nuevo afán constituyó la única salida eficiente para alejarse del quebrado entorno familiar para siempre. Por ello, abandonó sus estudios de secundaria y traficó con éxtasis en las discotecas de ambiente de la ciudad hasta que agotó la impunidad que le otorgaba su menoría de edad. El día que estrenó sus dieciocho se regaló una visita al parque, que, hasta entonces, solo conocía de oído. Con el descubrimiento de los tejemanejes de aquel ecosistema, cambió de rumbo profesional y caché.

Mario y Adrián se estrenaron en aquel paraje el mismo año. Sendos debuts se realizaron con pocas semanas de diferencia, lo que facilitó que desarrollaran una camaradería con rapidez. La conexión desembocó en una relación casi fraternal con los meses, sobre todo para Adrián, quien convirtió a su nuevo compañero en un confidente y en un punto de referencia y apoyo para el funcionamiento de su vida diaria. Cualquier decisión que debiera tomar, previamente la consultaba con Mario, ya fuera la aceptación de un trabajo, el alquiler de una habitación o la compra de unos pantalones. Lo que menos soportaba Mario de su compañero era su afición por cogerle prestadas prendas de ropa sin previo aviso.

La expedición prosiguió y el dúo se convirtió en meras sombras. Adrián lideraba el paseo con su metro setenta y cinco de altura, cabello rubio, ojos verdes y faz imberbe. Mario seguía sus pasos con una carcasa cinco centímetros menor que la de su acompañante, una barba de dos días y pelo y ojos castaños. La discordancia estética era muy beneficiosa para el negocio, pues evitaba que representaran una feroz competencia el uno para el otro. Tan marcadas diferencias suponían que cada uno tuviera su público. Ergo, todo eran ventajas.


Hicieron la primera parada en el aparcamiento de la zona inferior, denominado en su argot “nivel cero”. Su forma de media luna con escasa iluminación lo convertía en un pequeño reservado para todo aquél en busca de interacciones gratuitas. Dicho emplazamiento no era el más conveniente para su propósito mercantilista, pero siempre les resultaba divertido repasar la fauna que acudía a él antes de empezar a trabajar la noche. Reemprendieron la marcha subiendo por la ladera izquierda, en paralelo a las escaleras que conducen a la entrada del palacio que corona la colina. La segunda etapa del trayecto discurrió por uno de los apartados más salvajes del parque, repleto de arbustos y árboles espesos que impedían el paso de la luz artificial de los alrededores casi por completo. Pisaron las ramas y raíces que inundaban la uniformidad del terreno con total anarquía y esquivaron varias siluetas a las que interrumpieron en sus quehaceres de modo involuntario. Y dejaron la oscuridad para meterse de lleno en el excesivo claror –promovido por el ayuntamiento– que impregnaba su lugar de trabajo: el aparcamiento superior, situado a la derecha de palacio.


Ocuparon su rincón de siempre en el extremo sudoeste, que contaba con un pequeño muro de hormigón que hacia las funciones de frontera y localidad privilegiada con un perfecto campo de visión desde el que se controlaban todos los accesos al área.

El emplazamiento es el favorito de los asistentes que acuden en coche al parque para satisfacer sus fantasías, previo pago. Su modus operandi consiste en estacionar y esperar en el interior del vehículo hasta que los chicos empiezan a pulular a su alrededor. Cuanto mayor es el número de coches aparcados, mayor es el de chaperos que desfila por la pasarela imaginaria que se crea frente a los conductores. El proceso de selección se salda con el joven elegido siendo invitado a pasar al vehículo o con la recién estrenada pareja adentrándose en la vegetación colindante.

Aquella ubicación también daba pleno control de las acciones del resto de chicos. Tanto de los autóctonos como de los “marrones”. Un “marrón” es el mote que usan los chaperos españoles para referirse a los prostitutos de origen magrebí y latinoamericano que campan por el parque. Comparten protagonismo con ellos porque no les queda otra, pero, al tener bien delimitadas las zonas de operación, no hay convivencia alguna, salvo alguna discusión o pelea puntual. Sea como sea, los sujetos nunca habían sido del agrado de Mario. Nunca habían despertado en él ni respeto ni empatía.

A su juicio, los moros eran los peores: más jóvenes, más violentos y menos higiénicos y responsables de unos servicios que siempre tienen como objetivo la estafa a individuos cincuentones y sexagenarios. Por fortuna, existen pensionistas avispados con la fuerza y los reflejos suficientes como para sacarlos de los coches a patadas. El colmo del asunto llega cuando intentan robar a los españoles parte de la recaudación. La impertinencia suele resultar en algún árabe buscando algún diente entre la maleza. Mario siempre atribuía aquella errónea conducta a la falta de cerdo en la dieta.

Los sudacas son otro mundo para Mario –no muy lejano al de los magrebíes–, bastante cansino por culpa de la tendencia al victimismo y labia facilona del colectivo. En el oficio, los calificaba de carroñeros, pues cualquier cliente que los nacionales descartaban, ellos lo cogían sin miramientos. Les daba igual que la higiene o el pago final fueran escasos. Adrián se refería a ellos como el sector del “coño sur” y en él englobaba a los ecuatorianos, brasileños, cubanos y dominicanos que poblaban el parque hasta que acababan invirtiendo lo ganado en tratamientos hormonales y operaciones de cambio de sexo de esperpéntico final estético.


Sentados en el muro, Mario y Adrián analizaron la escena que se representaba ante sus ojos mientras consumían sendos cigarrillos. Los primeros frutos de la noche no tardaron en aparecer. Avistaron un par de coches que anularon todas sus posibilidades al detenerse en la zona de los brasileños. Arribó otro más, que pareció hacer una rueda de reconocimiento más que una visita al esfumarse con la misma rapidez con la que había llegado. Mario tuvo el presentimiento de que la noche iba a ser muy larga.

–Esto está muerto, macho –protestó Adrián, que seguía fumando su pitillo con total parsimonia–. Menos mal que esta tarde estuve de hoteles. Lo siento por ti –añadió.

–Típico del verano. Aunque creo que mi príncipe sigue sin salir de casa –argumentó Mario al tiempo que intentaba, sin éxito, hacer círculos de humo sobre su cabeza.

–¿Todavía existen príncipes?

–Para nosotros, no. Ya tenemos papeles. Y solo aceptamos áticos o casas con piscina.

–Deberíamos marcharnos una temporada a Brasil –propuso Adrián–. Allí seríamos nosotros los exóticos.

–Yo, seguro. Mira qué color tengo para estar en agosto –dijo Mario, mostrándole el blanquecino reverso de su brazo.

–Allí te pondrías morado. Fijo.

–Prefiero seguir cobrando en euros.

–Señorito.

–Ya hablas como un marrón. Cuando venga César, le diré que te estamos perdiendo –bromeó Mario.

Los marrones les calificaban como “señoritos” por su selectividad para con los clientes o “chicos del norte” por la notable palidez de la piel.

–Cabronazo –dijo Adrián.

–Tres más –anunció Mario–. Parece que todavía tendremos opciones para ponernos morados aquí y ahora.


Dieron un brinco para despegarse del muro y se encaminaron con paso firme hacia los recién llegados. A la altura del primer coche, se les sumó la incómoda compañía de un colombiano y un marroquí. Los chicos ignoraron por completo a aquellos dos escoltas surgidos de la nada y se centraron en los clientes. Adrián se hizo con el ocupante del primer coche. El colombiano consiguió el beneplácito del segundo. Y Mario se adjudicó el tercero, tras ahuyentar con una mirada intimidatoria al pequeño árabe que continuaba persiguiéndole como si fuera su propia sombra.

Se aproximó a la ventanilla e hizo una señal al ocupante de mediana edad, que aguardaba impaciente con las manos sobre el volante, para que bajara la ventanilla y poder así conversar como adultos.

–¿Buscando buena compañía? –sugirió con su tono de voz más provocador y una amplia sonrisa.

–¿Me ayudas a encontrarla? –preguntó el desconocido.

–Me temo que tendrás que bajar del coche y acompañarme –le indicó el joven.

–Con una mamada me conformo –subrayó.

–No me subestimes antes de tiempo. Hago muchas otras cosas buenas y no todas ellas con la boca. Mario zanjó la conversación con una nueva sonrisa pícara y aguardó hasta que su presa se apeó del coche.

Condujo a su cliente hacia la masa verde de árboles. Por segunda vez en aquella noche, estaba caminando sobre superficie amorfa, aunque ahora era él quién guiaba. Se detuvo al dar con un llano entre encinas y algarrobos cuyas ramas caían como cortinas naturales. Sabía que no era conveniente aislarse demasiado, pero sí lo justo para impedir la intromisión de otros chaperos y curiosos. Los ingredientes eran perfectos para crear un ambiente exclusivo. “No es el Ritz, pero servirá” comentó a su acompañante. Fue entonces cuando el individuo de metro ochenta le sorprendió con un repentino movimiento, agarrándole los brazos con tal fuerza que lo dejó inmóvil de cintura para arriba al instante. La espalda del chico colisionó con un tronco, los rostros quedaron a menos de un palmo de distancia y las miradas se tornaron desafiantes. Silencio absoluto. Mario mantuvo la calma. Al fin y al cabo, sabía que en eso consistía parte de su profesión y no tenía razón para inquietarse; máxime después de todos los juegos y peticiones con los que se había encontrado a lo largo de su trayectoria y que superaban en excentricidad y rareza a aquel arranque. Observó con atención el lenguaje corporal de su oponente, que empezó a acariciar su cara con delicadeza, como si estuviera intentando memorizar cada uno de sus rasgos. El cliente colocó una de sus manos en el cuello de Mario y rompió el silencio con un susurro que rozó la súplica.

–Dime que no eres de los que no besa.

–Te saldrá más caro –contestó Mario.

–Me da igual.

Sin dar tiempo a réplica, el hombre besó apasionadamente su nueva propiedad. Sus manos rodearon la espalda hasta perpetrar un abrazo con el que pretendió convertir a Mario en su prisionero sexual. El muchacho sintió los gruesos dedos colarse bajo sus pantalones y avanzar poco a poco por sus nalgas. La dermis de aquellas grandes palmas estaba ardiendo y el vello de los brazos se erizaba por el elevado toque humano de la escena. Mario, por su parte, no sentía ni el más mínimo rubor. Su mente había accionado el piloto automático y solo emitía órdenes para accionar la función eréctil de su entrepierna. Después de todo, su cabeza tenía muy claro a cuál de las dos partes implicadas le estaba permitida la búsqueda de cariño, por muy momentáneo que ése fuese.

Domingo 0:25

Los hocicos se abrieron paso entre la maleza y la presión ejercida por las patas quebraron las ramas posadas sobre los desniveles del terreno. Los hombres que agarraban con fuerza las cadenas eran movidos por la inercia de sus animales. El acelerado jadeo de los perros presagiaba que estaban ya cerca del objetivo. Los canes detuvieron en seco su carrera para convertir a los cuatro policías de paisano en testigos del hallazgo del cuerpo inerte de un varón de mediana edad que yacía boca abajo en aquel rincón del parque. Uno de ellos cogió rápidamente su teléfono.

–Las coordinadas eran correctas, inspector. Lo hemos encontrado. De acuerdo, señor. –Colgó y añadió–: Ya están de camino los refuerzos.Vosotros dos, esperad aquí. Nosotros subiremos a la parte del aparcamiento para llevar a cabo las detenciones.

Transmitida la orden, los agentes se separaron.

Domingo 0:35

El repaso a la fisonomía de Mario finalizó cuando las manos de aquel hombre se mudaron a la parte superior de su cabeza y generaron una fuerza cenital que obligó al chico a arrodillarse y postrarse ante la bragueta. Estaba claro que la búsqueda de cariño y calor humano había pasado a mejor vida. Mario se entregó al arte de la felación siguiendo el pausado compás que le marcaban aquellas anchas extremidades, colocadas ahora en sus sienes. La oscuridad reinó en sintonía con el hilo musical producido por los gemidos del pagador en aquel improvisado rincón hasta que una serie de fuertes ruidos con origen en los matorrales colindantes destrozaron el bucólico marco. Mario interrumpió su dedicación algo molesto, ya que dedujo que el alboroto sería el preludio a la inminente presencia de un bromista, pero el murmullo disminuyó y no apareció nadie. El joven retomó el servicio intentando hacer caso omiso al entorno. Fue en vano. A los pocos segundos, se reanimó el violento choque de ramas y el ruido se hizo envolvente. Y entonces, un golpe seco en el costado izquierdo le privó de equilibrio, tumbándole en el suelo en el acto. Tardó unos instantes en reincorporarse para poder ver la procedencia del impacto. Lo primero que distinguió fue la figura de un marrón que corría a toda velocidad en dirección al parking. Su reacción fue espetarle varios insultos, aunque todos cayeron en saco roto. El marrón ni se inmutó ante la ristra de calificativos que le estaba dedicando y continuó su carrera hasta perderse entre la vegetación. Mario miró confuso a su cliente, quien se apresuraba a retornar sus pantalones y el resto de la ropa a su posición inicial. De nuevo, fue blanco de otro empujón. Esta vez, solo hizo que se tambaleara, lo que le permitió contar con los reflejos exactos para agarrar al causante por el hombro y detenerlo.

–¿Qué coño te pasa, tío? –preguntó enojado. Para su sorpresa, el autor del nuevo choque había sido un chico español a quien conocía muy bien. César.

–¡Joder, macho! Perdona, pero tenemos que pirarnos de aquí. Los maderos están en el parque –respondió.

–¿Cómo? –preguntó, alarmado, el cliente.

–Se acabó el espectáculo. Hora de irse a casa, Romeo. –Mario articuló la frase y empezaron a correr a toda prisa detrás de César hasta alcanzar campo abierto.

César era el mayor del trío, aventajaba a Mario y Adrián en tres años biológicos y otros tantos de experiencia en el parque. Un veterano de gran atractivo físico gracias a su metro ochenta y cinco, un corte de pelo de inspiración militar, penetrantes ojos negros y piel morena, engalanada con una barba de dos días.

El detonante de su incursión en el mundo de la prostitución fue su primera pareja, quien solía incluirle en las sesiones de sexo en grupo que celebraba con otros altos cargos de su empresa y a quien César acabó dejando por aburrimiento cuando tuvo la sensación de que, como alumno, ya había superado al maestro. Luego vinieron las casas de citas del centro de la ciudad, en las que su espíritu autónomo nunca encajó. Su rechazo a toda clase de relación comercial con intermediarios favoreció su absoluta independencia y entrega al parque.

La llegada al claro de asfalto reveló una algarabía de cuerpos que iban de un lado a otro sin control. Mario recuperó el aliento cuando llegó al muro. La repentina estampida le dejó atónito. Entre tanto movimiento, Adrián reapareció, aconsejándoles que se fueran de allí a toda prisa y evitaran hacerlo por las escaleras. El aviso llegó demasiado tarde. La orden de varios agentes de policía vestidos de paisanos los dejó quietos. Los pastores alemanes empezaron a ladrar a la vez que los agentes repetían la voz de alto a todos los presentes. Dos coches patrulla hicieron acto de presencia, bloqueando los accesos noroeste y sudeste del aparcamiento. Los chicos vieron que no cabía posibilidad de esfumarse de allí y que exteriorizar cualquier signo de resistencia, por mínimo que fuera, solo empeoraría las cosas. Uno de los policías se acercó a ellos y les obligó a entregarle los carnés de identidad para comprobar los datos.

–¿Qué es el acantilado? –inquirió el agente, pasados unos segundos. Los chicos pusieron gesto de asombro. No se esperaban tal cuestión de entrada y quedaron en silencio. El oficial se impacientó.

–¿No me habéis oído o es que no habéis entendido la pregunta?

–Es una zona del parque –se apresuraron a contestar con la sincronización propia de un coro.

–¿Habéis trabajado allí esta noche? –volvió a preguntar el agente.

–Ni siquiera hemos podido empezar la noche –añadió Mario.

–Sí, una pena –dijo el oficial.

–¿Por qué no nos dice qué ha pasado y así todos ahorramos tiempo? –comentó Mario con impaciencia.

–Te lo dirán en comisaría –sentenció el agente mientras procedía a devolverles la documentación sin ni siquiera mirarles a la cara.

–¿Cómo? –expresaron al unísono de nuevo. Sin obtener más explicaciones, fueron escoltados por dos policías uniformados hasta uno de los coches patrulla.

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