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Primera edición: noviembre de 2016

© Ulises Bértolo

© Ediciones Carena

c/Alpens, 31-33

08014 Barcelona

Tel. 934 310 283

www.edicionescarena.com

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Diseño cubierta: Silvio García-Aguirre · www.cartonviejo.net

Corrección: Elena Serrano

Maquetación: Rocío Morilla

ISBN: 978-84-16843-14-5

Depósito legal: B 21606-2012


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Orthodoxia

Cuando la muerte no es un número al azar

Ulises Bértolo

Thriller histórico

A mi padre y su Ford Capri

Master of puppets, I'm pulling your strings

Twisting your mind and smashing your dreams

Blinded by me, you can't see a thing

Just call my name, cause I'll hear you scream

Master

Master of puppets, Metallica




Amo de marionetas, estoy tirando de tus hilos

Retorciendo tu mente y aplastando tus sueños

Cegado por mí, no puedes ver nada

Solo di mi nombre, porque te escucharé gritarAmo

Amo de marionetas, Metallica

Los personajes y los hechos narrados en esta novela están inspirados en acontecimientos reales dentro de la recreación propia de un relato de ficción.

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Cuadro de finales del siglo XVI
Pintor desconocido

Ubicación: MONASTERIO DE UCLÉS

PRIMERA PARTE

1
SEPULCRO

31 de julio de 1879

Al remover una piedra, la tierra corrió por los bordes y un rectángulo de luz proyectó la sombra del gaditano Manuel Andrade en el fondo del recinto donde, según la tradición cristiana, habían reposado los restos de Santiago el Mayor más de nueve siglos.

El historiador Andrade había sido el último de los expertos en sumarse al equipo multidisciplinar que dirigía el canónigo y arqueólogo Antonio López Ferreiro para localizar el sepulcro oculto en la catedral. Y lo hizo gracias al acuerdo alcanzado entre el arzobispado de Santiago y uno de los principales benefactores de la iniciativa, una sociedad americana con delegación en Londres, que exigió la participación de Andrade a cambio de una suculenta aportación económica.

Desde el descubrimiento del sepulcro hacía ya más de mil años, se habían construido hasta tres iglesias para proteger el arca marmárica, y nadie sabía a ciencia cierta qué había ocurrido con ella desde que se cerrara como una caja hermética e inaccesible durante las obras de construcción de la actual catedral, lo que hacía prever una intervención larga y costosa.

Tras cinco intentos fallidos en varios puntos donde no había sido necesario remover ningún elemento fijo, ni afectar estructuralmente al edificio, López Ferreiro se decidió a levantar esa misma mañana el pavimento del altar mayor con el consenso unánime del resto de sus colaboradores. El canónigo fue supervisando el trabajo de los operarios mientras estos perforaban el espacio central. Allí, casi a ras de suelo, ordenó que parasen de picar súbitamente cuando la estructura de un antiguo monumento funerario romano, relleno de tierra y escombros, quedó al descubierto.

El profesor Andrade apoyó una mano en el subsuelo y adelantó un brazo levemente, como temiendo molestar el reposo del santo. Bajo la luz de una lámpara de gas, examinó la cámara.

—Lo encontramos —dijo.

En su voz no había un entusiasmo acorde con el descubrimiento que acababan de realizar. López Ferreiro saltó dentro del agujero, le arrebató la lámpara a Andrade y se metió casi a gatas en el interior llenando de claroscuros dos espacios que estaban separados por un murete de mampostería.

—Tres tumbas —apuntó Andrade a su espalda.

López Ferreiro contuvo el aliento: el nivel primitivo del suelo había sido modificado y se había hecho al menos un relleno por encima de los sepulcros, convirtiéndolos en tumbas. El mosaico que cubría la tumba de la parte oriental estaba roto, y dentro solo había tierra con claros signos de haber sido removida. Cuando dirigió la lámpara hacia el espacio occidental donde estaban las otras dos, observó que habían sido cubiertas con baldosas de arcilla, también rotas, y sin nada en su interior.

—Estas tumbas han sido violadas... —informó López Ferreiro y, con gesto de preocupación, añadió en voz baja—. Sin los huesos del apóstol, ¿qué será de nosotros?

Salió y dejó que Andrade entrase de nuevo. Este metió medio cuerpo en el recinto y estudió la sepultura cubierta con los restos de mosaico. Aunque era de mármol blanco, negro y cárdeno, apenas destacaba bajo una pátina gris y mortecina. Se concentró en los fragmentos de la cenefa que enmarcaba el mosaico y trató de reconstruirla mentalmente, de comprender su simbología.

López Ferreiro entró de nuevo, se puso al lado de Andrade y, colocando la lámpara que llevaban entre ambos, preguntó al profesor gaditano.

—¿Qué opina usted?

La lámpara dibujó una media luna de luz sobre el rostro de Andrade. López Ferreiro observaba, como si no pudiera creer lo que veía, las tumbas profanadas.

—Creo que vamos a tener que hacer caso de los rumores y abrir otro agujero en el fondo del ábside, pero usted es quien decide.

Cuando el canónigo movió la lámpara y se dirigió hacia la salida, Andrade percibió un destello en la oscuridad. Por el reflejo que desprendía, intuyó que no formaba parte de mosaico; tal vez fuera algo metálico semienterrado. Se acercó para intentar verificar de qué se trataba. López Ferreiro ya estaba trepando para salir hacia la superficie de la catedral.

—¿Sale usted, Andrade?

—Sí, sí, don Antonio —contestó este dándose la vuelta y yendo hacia el hueco por donde acababa de salir López Ferreiro—; es que impresiona ver esas tumbas tan vacías.

—Y que lo diga, Andrade. En fin, voy a tramitar el permiso para iniciar la nueva prospección —afirmó López Ferreiro que, sacudiéndose el polvo de las rodillas, fue hacia uno de sus asistentes y le ordenó que bajasen los encargados de clasificar los objetos.

Cuando ya se iba, Andrade se acercó hasta él.

—¿Don Antonio?

—¿Sí, Andrade?

—Con su permiso, voy a quedarme para dibujar una posible reconstrucción del espacio interior.

—Claro, claro, adelante. Ya me la enseñará cuando la termine.

A pesar de que era el lugar que se utilizaba desde el siglo XVI como sacristía de los cardenales que participaban en la liturgia dominical, el arzobispado aceptó que López Ferreiro cavase en el fondo del ábside. Aquella era una señal inequívoca, se dijo mucha gente, de que hallar los huesos del apóstol resultaba de vital importancia para la institución: su credibilidad y prestigio estaban en juego.

El equipo de trabajo excavó tras el altar. Bajo una losa, López Ferreiro encontró un nicho abierto sobre la roca con huesos de gran antigüedad, que parecían pertenecer a tres personas diferentes: el apóstol y los dos discípulos que lo trajeron según la tradición.

La noticia del hallazgo corrió como la pólvora por Santiago de Compostela y, en pocos días, la prensa elevó la explicación tradicional a una evidencia científica. De hecho, no esperó ni al resultado del análisis antropológico y químico de la Facultad de Medicina de Santiago ni a que el equipo de López Ferreiro clasificase los objetos y fragmentos con los que debía elaborar el informe que necesitaba el arzobispado. Todo el mundo en Santiago dio por hecho que aquellos huesos eran los del apóstol y que el obispo Juan de San Clemente los había ordenado trasladar desde el edículo hasta el lugar del hallazgo para protegerlos del ataque de los piratas ingleses y de las aspiraciones de Felipe II de trasladarlos al monasterio del Escorial.

Dos semanas más tarde, el magnate estadounidense John Clifford puso el pie por primera vez en Compostela. Cuando bajó de su coche de caballos, tuvo cuidado de no hundir la suela de su caro zapato de cuero marrón y horma cuadrada en el charco que había tras el escalón final. No pudo evitar mirar con cierto enojo a René, su mayordomo francés, por la falta de delicadeza que había mostrado al dejarlo a merced del pavimento mojado. Frente a él, estaba la bella casa señorial en piedra que había alquilado, bajo un nombre falso, a un conde gallego. Este, según le había explicado el administrador que se encargó de formalizar la operación, se retiraba al campo tras las fiestas del apóstol Santiago, que se celebraban a finales de julio. «Quedarse en la ciudad a esas alturas del año es considerado aquí, entre los de nuestra clase social, algo extremadamente vulgar, algo más propio de un comerciante llegado de las colonias que de alguien con un título nobiliario», le había escrito.

Clifford se preguntó qué tendría el campo que no tenía aquella ciudad cuya antigüedad y encanto superaban en siglos a su Nueva York natal. Se enfundó los guantes y dejó vagar la mirada por la rúa del Villar hacia la plaza de Platerías. Bajo la niebla de primera hora, la fachada continua de las casas parecía esbozada por un fino pincel de colores ocres y grises. Al fondo, le pareció adivinar la conocida torre catedralicia de Berenguela. Allí, si no estaba mal informado, es donde trabajaba el hombre que había contratado.

Miró el reloj: aún quedaban un par de horas para reunirse con él. Según le había explicado René, el lugar de encuentro estaba a menos de un centenar de metros de la casa que había alquilado, así que podían ir andando. Atravesó el charco sin inmutarse y caminó recto hacia la casa. «Lo mejor será descansar y cambiarme de traje y de zapatos», se dijo.

El salón de la primera planta del casino irradiaba un silencio extraño para alguien acostumbrado al bullicio de Manhattan. Después de echar un vistazo a su traje recién estrenado en un espejo que cubría como un manto de rebordes dorados una de las paredes, John Clifford llenó su pipa de tabaco y pidió a Manuel Andrade que tomase asiento al otro lado de la mesa.

Cuando examinó los cuatro dibujos a plumilla del interior del edículo que este le entregó, Clifford permaneció sin hacer un solo gesto. Era difícil saber si le complacía o le molestaba lo que estaba viendo, pensó Andrade; por eso, ante la duda, se esforzó en explicarle al detalle el significado de cada una de las piezas que había encontrado el equipo de López Ferreiro y lo que se veía en esos dibujos.

A la vista de que el rostro de Clifford, mostraba cierta contrariedad, Andrade alineó los cuatro dibujos para reconstruir el mosaico que cubría la tumba, y comenzó a analizar, con profundidad académica, la simbología encontrada. El sudor recorría su frente.

Mientras Andrade hablaba, Clifford vació el tabaco quemado en un pesado cenicero de cristal que había sobre la mesa y pasó ceremoniosamente un pañuelo de seda con sus iniciales cifradas en hilo blanco por la boca de la pipa. Luego se puso de pie y miró a través de la ventana la imagen nebulosa de la catedral. En segundo plano, sin rebasar la puerta de la estancia, René esperaba instrucciones.

—No le contraté para que realizase un trabajo magistral sobre arqueología religiosa, profesor Andrade.

—Lo sé, señor Clifford, y le pido disculpas por ello.

—Y entonces... Lo que me quiere decir es que no encontró nada más. ¿Ni tan siquiera un mínimo rastro?

Andrade se encogió de hombros y dijo:

—Necesito un poco más de tiempo, señor Clifford. Escuche, yo estaba seguro de…

Clifford hizo un gesto a René para que se acercase. Este sacó un sobre de un bolsillo interior de su chaqueta y se lo dio a Clifford, quien lo puso a la altura de los ojos de Andrade.

—Tome su dinero, profesor: la mitad de lo acordado. Le daré el resto cuando tenga algo más interesante que decirme.

El tono de Clifford sonó tan seco que Andrade dudó si extender la mano para coger el sobre.

—Cójalo, profesor; es suyo... Es solo que, por ahora, estoy descontento con su trabajo.

Andrade levantó la mano y cogió el sobre; sin embargo, antes de soltarlo, Clifford ordenó:

—Ni una palabra a nadie de todo lo que me ha dicho y me ha enseñado aquí, profesor... Ni una palabra o nuestro siguiente encuentro no será tan amistoso. Por lo demás, aténgase al resultado de la investigación oficial.

Andrade guardó el sobre en su chaqueta sin mirar siquiera qué había dentro, y agachó sumisamente la cabeza.

—René contactará con usted. Hasta pronto, profesor.

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